En tiempos de cambios, de incertidumbres y desconcierto, el arte se transforma en sufijo.

Arte para san-arte.

Arte para acurruc-arte y tranquiliz-arte.

Arte para acompañ-arte, desahog-arte y rescat-arte.

Sufijo que desde que nacemos nos invita a vivir la vida de manera mágica, lúdica y absurda. Aquel que nos llama a buscar nuevas preguntas por cada respuesta.

El arte es una invitación a la belleza y como tal nos desafía a reconciliarnos con las sombras de nuestros miedos para encontrar ese espacio donde la vida se nos hace leve.

El arte susurra caricias a nuestros lamentos.

El arte es nuestra forma de sentir el mundo.

El arte nos despeina.

El arte está en constante movimiento, es el camaleón de las circunstancias.

Su metamorfosis es el reflejo de nuestra adaptación a la vida.

Cuando el alma se agita el arte florece.

El arte nos transforma.

El arte sabe de sobrevivencia, lo lleva arraigado en su esencia.

El arte palpita y no hay esquemas ni estructuras que puedan detenerlo.

El arte es libre. No se puede encasillar. No obedece normas.

Avanza, se adapta, se desparrama y se entrega.

El arte nos abre las puertas al entendimiento sin razón.

Es nuestro refugio.

En tiempos como los de hoy el arte se ve expuesto al desafío de la sobrevivencia y su inevitabilidad nos empuja a encontrar nuevas formas de creación.

Es que el arte se alimenta del caos, se completa en el quiebre y se hermosea en el dolor.

El arte como silencioso guía nos lleva por los caminos de la superación.

Sin arte no llegamos a ninguna parte.

En el torbellino devenir de nuestros días el artista clama por empatía.

En el susurro de la pasión encuentra su consuelo.

En el fulgor de su creación está su anhelo.

El clamor del artista se hace canción latente.

Y cada nota de esta melodía nos hace ser valientes.

El arte nos enseña a ser resilientes.

Amaya Forch
@laforch

 

 

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