“El que puede cambiar sus pensamientos, puede cambiar su destino”
Stephen Crane

Hace ya casi un año decidí subir cerros. Quizás por la pandemia, quizás porque junto a la pandemia y todos sus efectos, se me juntaron varias cosas y necesitaba hacer algo ¿Qué? No lo tenía claro. Comencé con el Cerro San Cristóbal, no me quedaba tan lejos de mi casa y parecía seguro. Debo confesar que al comienzo era bien tortuoso, pero insistí. Si me cansaba paraba un rato, pero nunca deje de insistir. Lo empecé a hacer a diario, temprano en la mañana. Cuando había franja deportiva en la madrugada, ahí estaba yo, a las 6 am con las zapatillas puestas y todas las ganas. A poco andar ya no necesité parar, podía subir hasta los pies de la Virgen sin ningún problema e incluso, subir y bajar de manera continua, incluso trotando.

Ese tiempo lo destinaba y lo sigo destinando para mí. No ando pendiente del teléfono ni del trabajo, sólo de la vista, mis reflexiones o de la música que me acompaña. Es el momento en el que me encuentro conmigo misma y que, de alguna forma, busco ser mejor. Mejor que mi versión anterior, no mejor que nadie más.

Un día venia bajando del cerro, metida en mis pensamientos, cuando veo a una mujer en bicicleta que venia subiendo, al verme se da una pequeña vuelta y me alcanza. Cuando está frente a mi me pregunta si me puede decir algo, yo un poco sorprendida le digo que sí. Me dice que me ve subir el cerro todos los días y quería felicitarme por la constancia y voluntad. Me felicita, además, por mi cambio físico. Cuando estoy agradeciéndole, no sólo por sus palabras, sino también por la deferencia de detener su andar para hacerlo, una mujer acompañada de un niño de unos 10 años, que estaban a pocos metros, me dice “te estábamos esperando para lo mismo”. Me cuentan que ellos no vienen todos los días, pero que siempre me ven y no sólo eso, cada vez que les cuesta motivarse para venir al cerro, comentan entre ellos que deben seguir el ejemplo de la “niña del cerro”, o sea yo. Después de agradecerles por lo de “niña”, por sus palabras y nuevamente, por decidir decírmelo continuo mi descenso con muchas reflexiones en mi cabeza. Por una parte, qué poca importancia le damos a la capacidad que tenemos de influir en otros, incluso sin darnos cuenta. Quizás si fuésemos conscientes de esto, actuaríamos distinto, mejor. Yo, sin tener otra motivación que destinar un tiempo para mí, alejada de la vorágine del mundo, era vista por otras personas de forma positiva ¿Cuántas veces nos sentimos invisibles o insignificantes? No, claramente, no lo somos. Y, por otra parte, por todos lados nos bombardean de noticias conflictivas, de odiosidades, nos ponen en bandos, unos contra otros, casi como si nuestras diferencias fuesen más que nuestras similitudes o peor aún, que somos incapaces de trabajar por un bien común pero, un día cualquier, yo me topo con dos personas, que no se conocen entre ellas, que deciden detenerse, dejar de hacer lo que estaban haciendo, para felicitarme por algo que decidí hacer sin pensar que podía influir positivamente en ellas, vuelvo a reflexionar ¿Cuántas veces nos detenemos para felicitar a alguien más? ¿Cuántas veces nos detenemos para felicitar a alguien que no conocemos? Vivimos en un mundo donde lo malo le gana a lo bueno, donde destacar lo negativo parece ser lo habitual y vivir quejándonos ya parece normal. Estas dos personas me llenaron de esperanza, me fui con el corazón hinchado y no sólo porque me habían felicitado por algo que no fue fácil y que necesité de un esfuerzo diario o simplemente porque me habían notado, sino porque me di cuenta de que hay personas capaces de contribuir en la construcción de un mejor país, de una mejor sociedad sin importar si pensamos igual sobre esto o aquello, si profesamos una religión u otra, si pensamos igual políticamente, si somos de este barrio o de este otro, con el sólo hecho de detenerse y decirme “te vemos”. En el cerro, éramos 3 mujeres y un niño siendo comunidad, compartiendo un momento, entregando valor por el sólo hecho de poder y querer hacerlo, sin esperar nada a cambio, viéndonos. Algo tan simple como valioso.

Ya lo decía Mahatma Gandhi, seamos el cambio que queremos ver en el mundo. Empecemos por cada uno, seamos conscientes de que alguien nos observa y podemos ser un referente positivo para esa persona, felicitémonos más, regalemos más sonrisas, detengámonos a vernos unos a otros, tan distintos pero complementarios. Quizás ese sea el granito de arena que cada uno puede entregar y juntos construir una mejor sociedad.

Carolina Espinosa
@revistazotea

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