Sin duda la globalización conduce a una mayor coordinación entre los hombres y en este sentido significa un enorme beneficio para la humanidad. Es de esperar que en un futuro no tan lejano el mundo llegue a estar conectado al punto que todos puedan optar a los bienes y beneficios de todas las culturas, que en alguna medida tenderán a disgregarse geográficamente. La globalización, traerá consigo una “unificación cultural”, pero poniendo a disposición una mayor cantidad de “opciones de ser”, aumentando también la tolerancia entre los seres humanos. Sin embargo, en el proceso seguramente perderemos gran parte de la actual diversidad cultural.

Esta unificación no solo requerirá, sino también impondrá el compartir modos de comunicación, modos de negociación y competencia, formas específicas en el uso de los recursos e incluso esperará que tengamos las mismas necesidades, teniendo un enorme impacto en las comunidades que históricamente han funcionado de otra forma o que simplemente han asignado un valor diferente a los distintos aspectos de la vida. Esto no ocurrirá por la mala voluntad unos u otros, sino simplemente porque vivir en sociedad conlleva optimizar las relaciones, simplificar el modo de comunicarse entre todos, para cooperar. En particular, los países del tercer mundo y muy especialmente sus culturas ancestrales, se han visto y se verán en la disyuntiva de tener que adaptar su modo de vida. Estarán en jaque sus relaciones sociales con sus jerarquías, creencias y ritos, su forma particular de sobrevivencia con la cual se han desarrollado en armonía en un determinado lugar, y en general el ordenamiento que maximiza su evolución de acuerdo a su propia historia. De hecho, es esperable que esta historia sea reemplazada por la historia de la mayoría, perdiéndose muchos conocimientos y oportunidades de adaptación que son propios de cada pueblo. Por supuesto, sería absurdo pretender que se mantengan igual por siempre, pero sí deberíamos cuidarnos de esas necesidades supuestamente universales y promover la satisfacción de las propias necesidades, hasta alcanzar nuevos retos que eventualmente requieran considerar las soluciones propuestas por otras culturas.

Además, este proceso ocurre de la mano con la ética moderna, que opera sobre la base de la “voluntad de dominio” y la “voluntad de resultados” (*). Estados Unidos y China, incluso siendo potencias mundiales políticamente opuestas, son íconos de la misma ética y son sin duda los mayores contaminadores y explotadores de otras culturas. Buscan imponer un modelo y comandarlo, sin importar lo que otros pueblos quieran recibir o lo que puedan ofrecer.

La globalización, junto a la ética moderna, dan pie al uso ineficiente de la tierra, entendido como una explotación agrícola, agropecuaria y forestal, ocupación con infraestructura y otras formas de usufructo que conllevan un deterioro en los procesos de adaptación del territorio. Generando un beneficio parcial para el hombre, pero un costo neto para el sistema hombre-naturaleza. Por ejemplo, con cambios en la producción agrícola hacia productos de mayor rentabilidad, pero que no son necesarios donde se producen y que además requieren un mayor consumo de recursos, entre ellos el agua. O, peor aún, cuando los derechos de los recursos o al menos el derecho a su consumo no se encuentran definidos en la forma esperada, sino que tácitamente según el uso tradicional respetado por generaciones, de manera que pasan a ser libremente utilizados por terceros bajo la justificación de su bajo costo incluso cuando el recuro ya es escaso.

Más allá de las distintas formas de imperialismo, la imposición cultural sucede cuando se incrementa el deseo de posesión de productos foráneos, que alcanzan un mayor valor relativo y llegan a toda la población. Esto implica el traspaso de una “idiosincrasia del deseo”, de manera incluso enfermiza cuando se practica el consumismo. No nos engañemos, esta es la realidad, las costumbres de los pueblos han competido mediante la participación en los mercados haciendo uso de una violenta instigación publicitaria, donde los más vulnerables en algún punto optan por “probar suerte”, llegando incluso a regir una voluntad de adaptación a otras culturas. Y claro, la mayoría rápidamente se ve atrapada por un modo de vida que ahora les exige dependencia, y donde solo unos pocos parecen lucir esa “suerte” que el sistema promete, y prosperan.

La globalización tiene entonces dos alcances negativos. Por una parte, para la humanidad como conjunto significa la pérdida de patrones de comportamiento diversos y eventualmente más eficientes, que para algunas tareas o en determinadas condiciones resultan más evolucionados, o simplemente, más felices. Y por otra, la imposición cultural trae sufrimiento a las comunidades que deben adaptarse a la fuerza a otras costumbres. Piensa en tu realidad cotidiana: seguramente consideras que es una falta de respeto que un desconocido entre a tu casa sin aviso a hablarte de lo bueno que es su producto para tratar de vendértelo, porque no te conoce y sus argumentos no implicarán una competencia justa, sino solo propaganda y seguramente tiempo perdido. Al menos en lo personal detesto que me llamen por teléfono para venderme, y aún más si es ¡Un robot! (Recuerda lo que significa la globalización para los pueblos ancestrales la próxima vez que te llame una voz pregrabada).

No corresponde imponer una necesidad, como tampoco negar las necesidades de los demás. Únicamente cuando entendemos que podemos realizar una mejora en nuestra vida, de acuerdo a nuestras buenas y malas costumbres y nuestro propio ritmo, es cuando nos permitimos necesitar esa mejora. De lo contrario sería como “vender nuestra alma” y aceptar que el pasado fue en vano, sin historia ni identidad. Nadie debería aceptar que le digan que recomience desde cero. El avance de la globalización tiene que depender de la buena voluntad de los pueblos de incrementar sus oportunidades en función de la evolución de sus propias necesidades heredadas históricamente.

No podemos dejar de mencionar que la globalización nos pone como personas dentro de la misma canasta. Nos ofrece oportunidades más o menos iguales para todos, y también nos propone un camino para desarrollarnos y espera que lo sigamos. Y nuestra necesidad de pertenencia a la sociedad nos hace justificarla y hasta imponerla. Tal vez su exigencia más enajenante es que todos queramos lo mismo, …el teléfono con la propaganda más linda, en definitiva, que seamos iguales, que tengamos las mismas oportunidades. Y por supuesto que es imprescindible que todos tengamos las mismas oportunidades, pero aquí hay que hacer dos salvedades, hay que considerar que nuestras necesidades son diferentes tanto al nivel de comunidades como individuales.

  • Entre los distintos pueblos originarios incluso la democracia se entiende de maneras diferentes. Algunos eligen sus líderes entre los abuelos, en otros ese derecho se gana por aptitudes, y en otros es más un deber que un derecho. Cómo podríamos imponerles un sistema con otras formas de liderazgo, cómo ofrecerles dinero por recursos que nunca fueron propiedad de nadie. Hay comunidades que requieren oportunidades diferentes, a partir de sus propios recursos y opciones, derechos autodefinidos. En todo caso, nuestro rol como sociedad debería incluir que las oportunidades de todos sean confluyentes. Y, por supuesto, hacerse cargo de las deudas y rescatar todas las formas de autodefinición que pueda haber al nivel de comunidades.
  • Desde el punto de vista del individuo, tener igualdad de oportunidades es imprescindible en la educación y en los recursos que nos permitan sostenerla, misma que nos permite desarrollar capacidades particulares que nos llevan por caminos diversos, poniendo frente a nosotros diferentes nuevas oportunidades y derechos. El dilema es que esas nuevas oportunidades han dependido de un devenir histórico que no se condice con el esfuerzo del individuo y con el valor que aportan al conjunto de la sociedad. Ahí es donde la sociedad debe actuar para definir el valor relativo de cada actividad, y compensar y dar derechos acordes a cada aporte. Hoy en día, resulta fácil verificar que para prosperar hay que saber vender y venderse, saber imponerse …independientemente del aporte real que producen.

Para que la competencia sea justa no basta con llegar a un punto medio, también hay que estar dispuestos a considerar las necesidades del otro, el esfuerzo que les significa, el costo que tendría para uno estar en la posición del otro. Así que cuidado, entre iguales el dinero es la mejor moneda de cambio, pero cuando negociamos con quien no tiene cubiertas sus necesidades básicas o tiene una historia e identidad cultural diferente se hace imprescindible considerar los esfuerzos comprometidos y lo que esperan de acuerdo a su propia disposición cultural.

Entonces, ¿Qué hacer? Por un lado, educar, promover que cada cultura y cada ser humano sea capaz de definir y sostener sus propias necesidades, y junto a esto, aprender a reconocer y respetar las necesidades de los demás y de otras culturas, relacionándonos proactivamente sin comprometer su modo de vida, ni aprovechar la situación para imponer o publicitar objetivos que no constituyen su necesidad. Evidentemente, falta educación en todos los niveles.

Hay que acordar y promover acuerdos internos al nivel de comunidades, culturas y países, que permitan establecer sus prioridades, sus necesidades y expectativas de desarrollo. Así, al momento de hacer acuerdos con terceros, por ejemplo, a través de la constitución de un país, sea posible fijar derechos diferenciados.

Además, no basta con una relación unidireccional donde más rápido o más lento una parte termine imponiéndose, más bien, las relaciones deberían tender a que todos optimicen la generación y comercialización de los bienes sobre los cuales tienen ventajas comparativas, siempre en virtud de las características de su entorno y condiciones culturales. Esto dignifica a los pueblos, a las personas, y favorece su evolución. En particular los países más desarrollados que cuentan con los recursos para extender sus vínculos deberían fomentar en los demás los conocimientos y prácticas que justo ahí tienen una ventaja.

Hay que entender que la diversidad cultural no es un bien consumible y es difícilmente renovable. Hay que poner en valor las pretensiones de desarrollo de cada comunidad, también al interior de cada país, y también al nivel de las personas: promover la identidad diferenciada de cada uno.

(*) Este artículo, mejorado respecto del publicado originalmente en la web www.miradamaga.cl en abril de 2021, se desarrolló utilizando como referencia el libro Metafísica de la Conciencia y el Hábitat. Muñoz, Félix (2020). Ed. Prometeo (www.prometeoeditorial.com).

Félix Muñoz

 

Categories:

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *